Notas: F. O’Connor
Renacer del blanco sur y del negro bus.
Por Sebastián Durango M.
Todo lo que asciende tiene que converger de Flannery O’Connor
Flannery O’Connor todavía es hoy una escritora poco reconocida para el público hispano. No saben lo que se han perdido. Ella es el sinónimo de ese renacimiento sureño del siglo XX que encontró en las tradiciones y en los valores propios de esa región, la inspiración para escribir. O’Connor es recordada por una vida atravesada por el campo, el lupus y la escritura. Ficciones cómo Sangre sabia (Wise Blood, 1952) y Los violentos lo arrebatan (The Violent Bear It Away, 1960) la han consagrado como una estrella del norte de nuestro continente.
Uno de esos géneros en los que incursionó esta escritora fue en el relato corto. Siendo Todo lo que asciende tiene que converger de los más peculiares. En esta se muestra, la relación entre un hombre que de camino a la ciudad difiere con su madre por reivindicar el pasado esclavista. Mientras, observa cómo una mujer negra sube al autobús acompañada de su hijo y con un idéntico sombrero al que porta su madre en ese momento, terminado en una lección para madre e hijo. La historia transcurre bajo un tema que aún nos es cercano, el racismo.
En esa relación de fraternidad que debería primar en las familias. Julián, acompañará a su madre a la ciudad. El viaje se empieza a tornar bastante incómodo para el chico desde el paradero, que ha de notar cómo su madre frecuentemente hace una mirada a ese pasado brillante de un abuelo esclavista, hacendado y con clase, que formó a una mujer blanca, educada y con gusto del sur de los Estados Unidos. Sin embargo, la abolición dicha práctica y acaecer en la pobreza ha hecho aflorar los resentimientos de la mujer hacia los negros. Así, la mujer al sentarse en el autobús se ha percatado tener un ambiente para ellos, los blancos.
A veces, es común disparar alguna palabra para entablar una conversación dentro del servicio público. Pues sí, la mujer lo sabe y ha tomado a su hijo cómo trofeo con las otras señoras para mostrar la educación de bien que le ha dado. Entretanto, Julián se recluía en una especie de burbuja mental en la que se acomodaba cuando no soportaba formar parte de lo que sucedía alrededor. En esa relación fraternal cada vez más antagónica, el chico reconocía que pese a los prejuicios que había querido heredarle la madre, él era más libre. Es más, Julián al ver cómo una señora dejaba el lugar por un hombre negro, bien vestido y con cartera que se sentaba a su lado, decide tomar ese lugar. Era la respuesta ante la injusticia que estaba presenciando.
No obstante, bajo esa mujer racista, que deseaba vivir como una hija de su padre pero, sin bienes se escondía, una mujer que había sacrificado todo por educar a su hijo. Un hijo, que si bien era más “libre” a veces, por darle lecciones, le daba la espalda. Ante esto, se presencia un dilema que ayuda a interesarnos más por esta historia. Tal vez, O’Connor ha querido darnos una lección de Igualdad, ante una mujer que siendo negra, tiene el derecho a un hijo, un buen vestido y portar el mismo sombrero que la señora Chestny. Quien acabará con un puño en su cara por las suscitas ofensas al niño de la negra. Pero, es innegable que la actitud arrogante de Julián, combinada con la picardía, hace a la trama leerse sola. Por consiguiente, esa tan anhelada lección por parte del muchacho para con su madre no sorprende que termina siendo mutua: una en suelo y otra en la conciencia.
Este cuento, no es más, que la muestra de la identidad sureña a veces tan mezquina y racista. Pensada por una sufrida escritora que, ha sabido deleitarnos con sus habilidades por tomar temas tan cercanos cómo: la disputa entre madre e hijo por el racismo. A lo mejor, con una simple enseñanza moral mezclada con un excelente manejo del humor pero, permitiendo al lector, renacer del sur.


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